Aniversario de la muerte de José Martí

El próximo 19 de mayo se cumplirán 125 años de la muerte de José Martí en “Dos Ríos”

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José Martí

Mucho se ha escrito sobre su biografía, sus ideas o su talento político y literario, por lo que sería repetitivo volver a glosar la vida y filosofías de tan insigne personaje.

Para contemplar desde otro prisma el momento de la muerte de Martí, incluyo – para quien quiera leerlo – un fragmento de mi novela “Adiós, Habana, adiós”, en el que se relata aquel momento.

Primera edición española en 2005
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Edición norteamericana en 2017

Uno de los capítulos, el que relata la muerte de Martí, dice así:

La manigua se hace espesa y dura después de las primeras precipitaciones. Los cauces de los pequeños ríos que la atraviesan, pedregosos y secos, se convierten entonces en ruidosos torrentes. Martí y los suyos los vadean con dificultad pero con entusiasmo. Docenas de hombres engrosan al ejército libre. Aparecen entre los cañaverales, entre la caoba, entre la quiebrahacha de tronco estriado —tan dura que quiebra el hacha— y entre la ceiba: el gigante de los montes cubanos. Cada árbol y cada caña parecen convertirse en nuevos soldados.

Andaban cerca de Baraguá, salieron a la sabana de Pinalito que corta el arroyo de la Piedras, salvaron las barrancas por donde las primeras lluvias corrían revueltas y turbias, como el tiempo que tocaba vivir.
Se decide empezar la campaña en octubre, en la estación seca, cuando los propietarios estén más atareados y los soldados más ocupados protegiendo guarniciones, caminos y plantaciones. Una escolta de cincuenta hombres al mando de Josep(1) parte para acompañar a Martí y a Gómez al encuentro de Bartolomé Masó. La comitiva se dirige a la jurisdicción de Jiguaní y acampan en un lugar de labor llamado Bija, próximo a la confluencia del Cauto y el Contramaestre, un punto de la geografía cubana entre estos dos ríos.
A la mañana siguiente, Gómez sale con cuarenta jinetes al asalto del convoy de Bayamo que va protegido por una compañía española. Pepe (2) se queda escribiendo. Algunos hombres asan plátanos y majan tasajo de vaca con una piedra en el pilón. Él redacta con letra firme:
Para Joan Gisbert (3).
Mi hermano queridísimo:
Llegué, con el general Gómez y cuatro compañeros más, en un bote, en el que llevé el remo de proa. Cargué catorce días a pie, por espinas y alturas mi morral y mi rifle… He conocido a Josep Miró, tu hermano del alma…

¿Qué pasará con las cartas que no se terminan, con los versos que no se escriben? ¿Habrá una dimensión que guarde las palabras no dibujadas pero sentidas? ¿Existirá el cielo de los versos perdidos?
La carta de José Martí no llega nunca a su destino. Jamás termina de escribirla.

Al día siguiente llega la tropa de Masó: son más de trescientos hombres; el primero en saludarle es Josep, lo hace en catalán. Bartolomé Masó es hijo de Sitges, mediterráneos metidos en guerras por la libertad. Cuando regresa el general Gómez, la tropa lo recibe con una gran parada, les dirige una arenga y pide a Martí que hable. Martí se levanta ceremonioso. Mira a la tropa que está esperando y un torrente de ideas y palabras salen de su garganta y llegan al alma de los que le escuchan. Es el credo de la Revolución.
Los hombres le ovacionan: «¡Presidente, presidente!», mientras la emoción les recorre el cuerpo. Martí, enardecido y transfigurado, grita:
— ¡Quiero que conste que por la causa de Cuba me dejo clavar en la cruz!
Los cercanos montes recogen las palabras del líder. Los ecos las devuelven orgullosos de ser portadores del verso de la libertad. Todavía las siguen repitiendo y a través del éter viajarán eternamente. Alguien recita unos versos de Martí, ante la aprobación de éste:

Cultivo una rosa blanca
en julio como en enero.
Para el amigo sincero
que me da su mano franca
y para el cruel que me arranca
el corazón con que vivo.
Cardo ni oruga cultivo: cultivo la rosa blanca.

Se desborda el entusiasmo de todos. ¡Todos con su Presidente, todos con la Revolución! El Cauto y el Contramaestre son mudos testigos del momento, ambos andan crecidos por las lluvias; allí se encuentran. Por eso al lugar le llaman Dos Ríos.

Recibimos carta de Dafne desde Barcelona: letras con olor a Mediterrá-neo. Mis padres y ella estaban preocupados por la guerra en la Isla. Me contaba que había estado en el barrio pescador de la Barceloneta viendo las barcas faenando. Mirando al cielo se sintió muy cerca de mí, sabiendo que era el mismo que yo podía ver en las Antillas.
Le pedí a Eloísa ir a pasear por el puerto, quería compartir lo que Dafne había sentido hacía unas semanas. Anduvimos cogidos por la cintura
por el paseo del Prado y luego caminamos hasta cerca de la escollera. En una cantina, cercana del puerto, marinos españoles entonaban unas habaneras; entramos. Las vibrantes notas nos envolvieron. A pesar de la guerra, las letras rememoraban novias y pueblos, pescadores y mares. Ni venganzas, ni guerras, ni muertes. Un grupo cantó una en catalán; refería las advertencias de un padre a su hijo mientras le enseñaba a navegar y a conocer la mar:

Quan jo tenia pocs anys
al pare em duia a la barca
i em deia: quan siguis gran,
no et fiïs mai de la calma
Bufa ventet, bufa ben fort…

En el exterior de la taberna, el viento empezó a soplar, primero suave, luego más fuerte. Eloísa me abrazó, sin saber por qué me estremecí… era el 19 de Mayo de 1895.

En el cuartel general de los insurrectos en Dos Ríos el día amanece con el toque de reunión de oficiales. Los hombres se van desperezando lentamente; es domingo y el café sacude la pereza y aviva el ánimo. Algunos refrescan sus gargantas con boruga, el requesón mezclado con azúcar, uno de los desayunos preferidos de Josep. Traen noticias de un convoy español que viaja con comida, armas y municiones. «El General», como Martí llama a Máximo Gómez, está dispuesto para la acción:
—Vamos a atacar ese convoy cuando pase por Remanganagua. Nos apostaremos y caeremos sobre ellos. Necesitamos las armas y los caballos.
Todos apoyan la decisión del general en jefe.
Gómez, Josep y varios oficiales y soldados montan a caballo. Martí trata de ir con ellos.
—Martí, retírese; éste no es lugar para usted. Espérenos aquí —le dice Gómez.
Martí baja la cabeza con resignación. Percibe que se cuenta con él como ideólogo y como administrador político de la insurrección, pero se duda de su utilidad como general. Observa con disimulada envidia
a los jinetes que se alejan ladera abajo y se promete no perderse la próxima acción.


El convoy español avanza penosamente hacia Bayamo; la fuerza está compuesta por seiscientos veteranos que conocen bien la zona, el coronel Ximénez de Sandoval los manda. Se da el alto, la tropa se sitúa en un claro del camino, los hombres se sientan en el suelo formando corros, varios de ellos ocupan sus puestos de guardia. Máximo Gómez, desde su escondite, espera nervioso:
—Ya deberían estar aquí. Quizá sospechen algo —exclama contrariado.
—Hay un lugar por el que forzosamente han de pasar —dice uno de sus oficiales.
Extienden un plano de la zona dibujado a mano.
—Es este punto, desde este potrero es difícil que nos vean, y podemos atacarles con grandes posibilidades.
—Perfecto —dice el general—, éste será el lugar ¡Ven, Chacón! Uno de los componentes de la partida se acerca al grupo de oficiales. Gómez escribe una breve nota para Martí con el cambio de planes:
—Entrégale esto al presidente y tráete de paso algunos víveres.
El muchacho ha sido escogido porque habla el castellano sin ningún acento; «parece un bachiller de Salamanca», ha comentado Martí.
Chacón monta en su caballo al encuentro del «presidente». Ignorante, atraviesa un riachuelo cerca de donde descansa la tropa del coronel Ximénez.
— ¡Alto! —grita un centinela.
El mambí espuela a su montura y el caballo sale al galope. Un soldado dispara su rifle y el noble bruto cae herido; el jinete, despedido hacia adelante, resulta aturdido por el golpe. Cuando se repone, está rodeado por los veteranos de Ximénez.
— ¿Quién coño eres, rebelde?
El joven, asustado, no sabe qué responder; lo llevan ante el coronel.
—Vamos a ver, jodido, ¿adónde ibas? —dice uno de los oficiales de caballería del Regimiento Hernán Cortés.
—Volvía a casa, he dejado la guerrilla —responde temeroso.
—Venga, no me jodas. ¿Dónde están los mambises? Nos estáis esperando, ¿no es cierto?
El muchacho, angustiado, no contesta, mira al cielo y maldice su suerte.
— ¡Fusiladle! —dice otro oficial para intimidarle.
— ¡No, por favor, no me fusilen!
—Pues venga, dinos dónde estáis.
Hay un silencio tremendo. Chacón se está derrumbando.
— ¡Te la estás jugando, chaval! ¡La próxima no te preguntaré nada más, te pegaré un tiro y te dejaremos ahí!
El muchacho cae al suelo llorando.
—Están muy cerca de aquí, en Dos Ríos, esperando; el general Gómez y ochocientos hombres —les dice entre sollozos y señalando so-bre un plano las posiciones cubanas.
El coronel Ximénez empieza a dar órdenes a sus hombres. Un teniente se dirige hacia Chacón y éste cierra los ojos a la espera de lo peor. El oficial se limita a darle un empujón y gritarle:
—Venga, tú irás el primero ¡y ojito con lo que haces!
La tropa, prevenida, se pone en marcha. Los fusiles, listos; los veteranos preparan sus bayonetas, dejan los pertrechos en el claro del bosque y avanzan con precaución hacia Dos Ríos. Al llegar a la aldea, el coronel da el alto a la columna. El lugar, que sólo tiene algunos bohíos y un corral con cobertizo, está aparentemente vacío. Luego se va poblando: primero de miradas; más tarde, de tímidas presencias que no osan moverse de las ventanas de las casas. Chacón les indica el cerro donde los cubanos les esperan. Los setenta tiradores del Batallón 2º Peninsular se apostan en la casa de Pacheco y a la entrada del callejón que da al cobertizo. Otro grupo ocupa los tejados de las casas. El resto de la columna, encabezada por los veintitrés jinetes del regimiento Hernán Cortés, se sitúa junto al monte, frente a la casa principal, y reemprende la marcha como si fuese toda la fuerza. Desde sus posiciones, los mambises ven partir a los españoles sin sospechar la emboscada.

La caballería cubana se lanza confiada contra el enemigo y entra a rienda suelta por una vereda del monte y por el callejón que conduce a la casa de Pacheco. Han desenfundado sus machetes y los agitan sobre sus cabezas lanzando terribles gritos de combate. Los españoles que han hecho de señuelo forman cuadro.
La primera descarga de los tiradores emboscados es casi a quemarropa. La caballería mambí ha sido sorprendida; las cabalgaduras caen rodando por la ladera, arrastrando a sus jinetes. El callejón es un infierno: los españoles son buenos tiradores y hacen blanco fácilmente. Desde sus escondites, amparado el grueso de las fuerzas por el bosque, disparan sobre los cubanos que tienen a su espalda el Cauto y el Contramaestre. El general Gómez da orden de retirada. Martí, impaciente, oye la refriega. No quiere perderse el combate. Tiene que demostrar a todos que es un luchador, que es un digno presidente. Se acerca a su caballo, echa un vistazo al rifle que asoma por el arzón.
— ¡Joven, vamos a la carga! —dice al oficial que está con él.
—El general nos ha aconsejado que esperemos —responde.
—Pueden necesitarnos, hemos venido a luchar.
Martí se ciñe al cinto el revólver y el machete, se cubre con su capa de hule y monta en el caballo. Ha soñado muchas veces en este momento.
Sale al galope seguido por el oficial. Están a la vista del pueblo; el tiroteo se hace más intenso, y no alcanza ver a los que disparan. Como en uno de sus poemas, espolea su caballo blanco que relincha cortando el viento y se lanza ladera abajo. El joven se queda parado unos segundos, sorprendido, y Martí toma una importante ventaja. Entra en la aldea por el camino que da al corral y se da de frente con la tropa española oculta por la hierba; sólo unos metros le separan de las fuerzas de Ximénez. Sin pensarlo, carga sobre el enemigo. Los fusileros advierten que alguien les ataca, se giran y apuntan: unos disparos le alcanzan. Martí siente que su cuello estalla, que algo se le rompe en el pecho, que algún hilo invisible se ha quebrado, y cae del caballo gravemente herido. El oficial, que llega al galope, se da cuenta de la situación y gira grupas en dirección a la selva. El caballo se encabrita ante la brusquedad del tirón de la brida; pero el jinete logra dominar al animal, que enfila hacia la huida. El sombrero de jipijapa del muchacho vuela de su cabeza, mientras un río de angustias le llega a la garganta y las balas silban, asesinas, a su alrededor.

Mientras tanto, Martí trata de incorporarse. Un agudo dolor le impide levantarse, y queda sentado con una pierna extendida y la otra flexionada y herida. Se lleva la mano al cuello y, con el dedo que lleva la sortija elaborada con los grilletes de su cautiverio y con la palabra «CUBA» inscrita, examina la lesión; el corazón le da un vuelco al com-probar el tremendo boquete que mana sangre sin parar. Se sabe herido en la pierna, pero le preocupa más la gruta del cuello. «¿Podré hablar de nuevo?» se pregunta sin tener conciencia exacta de lo que ocurre. Una patrulla de soldados españoles observa la escena de la que son autores. Uno de ellos se acerca. Es un cubano de nombre Antonio Oliva que milita como práctico en el ejército español. Se aproxima, primero precavido; luego, al ver a Martí malherido, más confiado. Llega a su altura y le reconoce.
—Caramba, Martí ¿usted por aquí? —pregunta socarrón.
Martí tiene la vista nublada; oye el acento cubano, sonríe. Oliva saca su revólver y apunta, el tambor gira y el proyectil cumple su labor homicida. El balazo atraviesa el esternón del apóstol. Martí, sin saber qué ha ocurrido, cae de espaldas, mirando al cielo de Cuba. Su corazón ya es libre.
Victoriosas, las fuerzas españolas ocupan la aldea. El capitán Enrique Satué informa al coronel de las bajas y del fin de Martí. El rictus del rostro de Ximénez refleja sorpresa y vergüenza.
—Por Dios, capitán, no me diga que han asesinado a Martí.
—Señor, hay orden de rematar a los mambises heridos.
—No joda, capitán, no se puede rematar a la Historia. No comente con nadie cómo ocurrió.
Sinceramente afectado, el coronel Ximénez redacta una nota para tratar de ocultar el ignominioso final del líder. La tropa española está presta para partir. Cargan las acémilas y acomodan en una de ellas el cadáver del líder muerto. La aldea ha recuperado el silencio y sólo se escuchan las órdenes de los suboficiales españoles poniendo en marcha el convoy. Una abuela asoma por una de las puertas. Sin mediar palabra, el coronel Ximénez espolea su montura hasta el quicio donde la anciana observa las maniobras de los militares. Por un momento la mujer se asusta, pero pronto descubre que la actitud del coronel es amistosa. Al llegar a la altura de la anciana, le entrega un sobre cerrado: «Es para Máximo Gómez», dice sin bajar de su montura.
La mujer, sorprendida, alarga el brazo y recoge el sobre. Mientras lo guarda, las tropas españolas se alejan.
Poco a poco, las fuerzas cubanas se reagrupan y van enterándose de las malas nuevas del combate. Suponen a Martí prisionero de los españoles. La anciana se acerca y entrega el misterioso sobre a Máximo Gómez:
—Es del coronel español, me han dicho que se lo dé al general Gómez…
El general despliega la nota que le da la anciana. Unos inconfundibles signos masónicos están dibujados en el papel. Gómez lee:
Hermano y admirado general:
Si Martí cura se lo devolveré, y si muere le haré un buen entierro…
Firmado: Coronel Ximénez Sandoval.

Renace una tenue esperanza:
—Quizá esté vivo —dice el general.
Aparecen Ángel Guardia y el joven oficial que, escondido en el bosque, ha presenciado la ejecución del poeta. Relatan a sus compañeros la triste suerte del mártir. Los lamentos rompen el silencio de la manigua.
—Llévanos a donde ha sido —dice Josep.
Ángel muestra el lugar donde hace poco ha caído el caudillo cubano. Y aquellos hombres duros y curtidos, dispuestos a matar y a morir, se abrazan desesperados. La fauna de la selva permanece callada, triste. La flora, desde las raíces del caimitillo, el cupey y la picapica hasta la palma, pasando por la jagua y la güira, lloran también. Una gruesa lluvia, que no es lluvia sino llanto, cae solidaria y dolorida sobre los hombres. El general levanta la cabeza y les dice:
—Ahora hay dos cosas por las que luchar… por la libertad de Cuba y por la sangre de Martí.
La noticia estremece a todos; Josep Miró es uno de los más afectados. No quiere que le vean llorar y se aleja del campamento saltando
los arbustos espinosos que lo rodean. Se apoya en una majagua de más de diez metros y estalla en solitario sollozo. El cielo le acompaña. Por su mente cruzan unos versos shakespearianos aprendidos de don Claudio Mimó, su maestro de bachillerato en Barcelona:

El cielo se inflama a la muerte de los príncipes…

El general Gómez trató de recuperar los restos del líder, pero sus en-viados no lograron convencer a los españoles. El cuerpo de Martí fue llevado primero a Remanganaguas.
Lo entierran sin caja, bajo la tierra enfangada. Días después, la comandancia española en Santiago envía al médico Pablo Valencia para exhumar y trasladar el cadáver. El día 23, en un tosco ataúd de madera con un agujero de 8 centímetros de diámetro, cerrado por un cristal a través del cual puede verse el rostro del difunto, reposa el líder. Un grupo de tiradores, al mando del capitán Serra Orts, traslada, a través de la selva, el cadáver a la estación de San Luis. Durante el viaje son vigilados por los mambises de Quintín Banderas, que los atacan en un par de ocasiones, aunque no pueden recuperar el cuerpo. El día 26, por ferrocarril con escolta, llegan los restos de Martí a Santiago de Cuba.
Antes de que amanezca el 27 de mayo en Santiago de Cuba, Federico Capdevila, teniente coronel del ejército español, en situación de reemplazo por sus ideas, se pone su uniforme de gala, sale a la calle y en un coche de punto se dirige al cementerio de Santa Ifigenia. Allí espera pacientemente a que llegue una pequeña comitiva compuesta por algunos oficiales españoles y la caja mortuoria de José Martí, mártir de Cuba.
Después de un breve oficio religioso, en presencia de un numeroso grupo de gentes, el coronel Ximénez de Sandoval dirige unas palabras a los presentes, breves pero generosas. Cuando van a introducir el féretro en el nicho ciento treinta y cuatro, José Ximénez pregunta:
— ¿No hay aquí ningún pariente o amigo del finado?
Se rompe el silencio. Federico Capdevila se adelanta al grupo de oficiales y saluda militarmente. Un grito se escapa roto de su garganta: « ¡Gloria al Cristo de la Revolución!». No hay respuesta.

La respuesta se está dando en Sierra Maestra, en Matanzas, en Holguín, en Guantánamo o en Dos Ríos, sobre un suelo salpicado de rosas blancas.

Mi suegro me envió un telegrama con parte de uno de los «versos sen-cillos» de Pepe:
Yo quiero salir del mundo/Por la puerta natural/
En un carro de hojas verdes/A morir me han de llevar.
Ha sido terrible. Firmado: Federico Capdevila.

Leyéndolo, lloré como un niño. Luego, abrazado al cuerpo de Eloísa y destrozado por la noticia, me quedé dormido. Soñé que paseaba con él cerca de la puerta del Carmen, de Zaragoza. Pepe me decía:
— ¡Qué hermoso día, Joan! ¡Un día para enamorarse!

FIN DEL CAPÍTULO

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Placa en la casa donde vivió Martí en Zaragoza, arriba uno de sus versos sencillos.

(1) Se refiere a Josep Miró Argenter, lugarteniente de Antonio Maceo y autor de “Crónicas de la Guerra”

(2) En algunos ambientes a José Martí le llamaban Pepe.

(3) Se refiere a Joan Gispert, médico en el hospital Alfonso XIII y principal protagonista de la novela.

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